Subo al coche con la dulce tibieza, aún en los labios, de nuestro último beso.
Tu mirada clavada hasta el corazón, en el que resuena el eco del amor invocado anoche cuando pronunciabas mi nombre.
La soledad en la circulación me permite deleitarme con el paisaje amaneciente de los montes que guardan nieblas engarzadas en las copas de los árboles.
El mar lloró anoche gotas de nácar en nuestra ventana, desolado y vencido porque no pudo participar ni abortar la eclosión de nuestra secreta pasión a pesar de su fuerza y de sus amenazas atormentadas.
Llego a casa y toco la punta de tus dedos al deshacer la lazada que hace apenas unos instantes me has hecho. Escalofríos del placer evocado me recorren el cuerpo cuando te escribo estas líneas.
Me entrego a Morfeo con la ilusión de que algún día volveré a despertar en tu regazo.
Beso
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